Narrador: En
un viejo bote, como pequeño marinerito, partió a conocer,
o mejor dicho, a tratar de descubrir lo que se hallaba oculto dentro de
su corazón.
Hombre: Esa canción,
¿de dónde viene?
Sirena: Psss. Silencio humano, sígueme.
Hombre: Tú otra vez, no te vayas por favor. Quiero preguntarte
tantas cosas.
Sirena: Silencio humano, sólo escucha mi canción. Ven,
sígueme.
Narrador: Se perdió la sirena en el fondo del mar. El hombre,
desesperado, la quiso buscar. Hundió su cabeza en el agua, mirando
aquí y allá, pero no había sirena, sólo un
pez de barba larga, ojo, no era una carpa, que ese es un pez fluvial.
Pez:
¡Qué feo!
Humano: ¡Qué horror!
Pez: ¡Un humano!
Hombre: Por favor.
Pez: Más respeto a mi medio, a mi barba y a mi edad. Que esta
es mi casa,si, la mar. Si buscas a la sirena y si la quieres encontrar,
sigue por aquí recto y dobla al cuarto coral. Allí está
su casa, seguro la encontrarás.
Sirena: ¡Hola!
Hombre: ¿Dónde estás?
Sirena: Aquí, junto a ti.
Hombre: Ven, no te escondas, quiero verte de cerca.
Sirena: Aquí estoy ¿qué quieres?
Hombre: Simplemente mirarte.
Sirena: ¡Mirarme! ¿Para qué?
Hombre.
Porque nunca hasta hoy había visto la mar y por fin la he hallado
mirándote a los ojos.
Sirena: ¿Y qué ves?
Hombre: Una inmensidad tranquila, un rumor de algas y una luz.
Sirena: ¿Luz en la profundidad del mar?
Hombre: Sí, luz. Tus ojos saben a mar.
Sirena: ¡Mar! ¡Tú no sabes lo que es el mar! Ven,
dame la mano y sígueme.
Narrador: Así lo hizo nuestro hombre. Junto a la sirena descubrió
hasta el más nimio y oculto rincón del océano. Descubrió
que no sólo hay estrellas en el cielo ni caballitos. Que los atardeceres
y hasta la luna tenían otro color desde allí. La arena, el
coral, las algas… pero sobre todo descubrió algo que hasta hoy había
mantenido oculto su corazón: el amor. La sirenita cantaba mientras
le enseñaba uno a uno los rincones de su mundo. Agil, graciosa,
bella. Apenas si encontraba palabras para describirla y por eso se limitaba
a contemplarla. Ella sonreía y cada vez que esto ocurría
sus ojos se iluminaban. Eran una mezcla de azul, verde o gris según
fuera mañana, tarde o noche. El quería abrazarla, quería
acariciar su rostro, fundirse en un beso eterno, pero se limitaba a mirarla
y a quererla en silencio.
Hombre:
Te quiero y deseo quedarme aquí contigo, siempre.
Sirena: No puedes.
Hombre: Pero quiero.
Sirena: No debes.
Hombre: Pero…
Sirena: Pss, calla. Escucha, ese es mi canto, siempre lo llevarás
en tu corazón. Tu viaje ha ido más allá de tus propias
fronteras. Era necesario, pero ha llegado a su fin. Tienes que marcharte,
regresar a tu hogar.
Hombre: No quiero separarme de ti.
Sirena: Dicen de nosotras las sirenas que atraemos a los hombres con
nuestro canto y los hechizamos. Ellos se acercan y nosotras, tras darles
un beso, nos alejamos para siempre.
Hombre: Esa leyenda me contaron a mi.
Sirena: Y tú deberás contarla a los demás. Para
que nos conozcan, para que viajen más allá de tus fronteras.
Mua.
Hombre. Sirenita, vuelve vuelve.
Narrador. La buscó por todos los corales, entre algas, debajo de enormes estrellas, pero no volvió a verla. Entonces se dio cuenta de que ella tenía razón. Había llegado el momento de regresar a casa. Emergió de las aguas claras y sin mirar atrás partió de nuevo mientras las olas del mar se despedían de él.
