Narrador: Apenas se enteró que la noche había llegado, pero no la oscuridad y del mar no había aún rastro. Cansado y fatigado buscaba con tesón una pista. Si todo camino tiene sus caminantes, toda búsqueda posee un fin. A veces una sonrisa bastaba, pero ahora, quien realmente iluminaba en la noche al caminante era la gorda blancota, cara pálida y regordeta. Esa que todos admiramos, tan lejana y cercana, tan mágica, extraña y sola…
Hombre. ¿Qué miras tú?
Luna: ¿Yo? Te miro a ti.
Hombre: ¿Te hago gracia?
Luna: No, pero me interesas.
Hombre: ¿Un humano? ¿A la luna? Cosa rara.
Luna: ¿A la luna? ¿Un humano? Cosa clara.
Hombre: No entiendo.
Luna: Caminas con prisa, sin medir tus pisadas. No se trata de andar sin parar, simplemente Hay que saber y dirigirse hacia donde el mar se halla.
Hombre. ¡El mar! ¿Cómo sabes? ¿Dónde está?
Luna: Calma mi pobre humano, calma. Basta mirarte a tus ojos para comprender tu mal.
Hombre. ¿Mi mal?
Luna: No es sólo una búsqueda, tú vas más allá. Pero hoy no es tiempo de explicaciones, ya aprenderás.
Hombre: Quiero saber hoy.
Luna: Pues entonces busca.
Hombre: ¿Dónde?
Luna: En tu corazón.
Hombre. ¿Lo encontraré?
Luna: Todavía no, pero hallarás.
Hombre. ¿A dónde me dirijo?
Luna: Hacia donde tu corazón te guíe.
Narrador: Todo hombre tiene un camino, un destino, una meta. Hay quien no encuentra fortuna y el que es siempre afortunado.
Hombre. Partí una mañana, recorrí toda una tarde para hallar en la noche el lugar más deseado.
Sirena: mar.
Hombre: ¿Quién llama?
Sirena: Mar.
Hombre: No te veo.
Sirena: Mar.
Hombre. Pero te siento.
Narrador: Así es como se llega, paso a paso, sin parar. Pero tú que me escuchas, no te pares en la playa, continúa, sigue, busca tú también tu mar. A nuestro amigo, ¡pss! ¡silencio! dejémosle  descansar, que duerma hoy en la arena, mañana verá la mar. Pero no acaba aquí la historia, queda mucho por contar.

Narrador. La noche trajo al día, la luna llamó al sol, la brisa le hacía cosquillas y el hombre se despertó. La mar en calma rozaba la piel de la tierra. Las olas no eran fronteras, acaso ecos guardados del horizonte al infinito. Cuando lo visto es inmenso la espera resulta grata y el deseo se vuelve espejo. Mar y hombre, hombre y mar. Los dos callados pero diciéndose tantas cosas.
Sirena: ¡Ven!
Narrador: Rostro de mujer con cola de pez fue lo que pudo ver y apenas vio. La llamada juguetona de una sirena, pero ¡ojo! con las sirenas,¡ ojo con su cantar!
Hombre: Espera, ¿quién eres?
Sirena. ¡Ven!
Hombre: No te vayas, espera.
Caracola: No la llames, no va a volver, pero te espera.
Hombre: ¿Quién era?
Caracola: Era una sirena.
Hombre. ¿Una sirena?
Caracola: ¿Te sorprendes? Poco sabes de la mar.
Hombre: ¿Poco? No sé nada.
Caracola. Ya veo, ya. Y tú ¿qué eres?
Hombre: Yo soy un humano, un hombre sin más ¿y tú?
Caracola: Yo una caracola, caracola de mar.
Hombre: De mar, así cosas de él me podrás contar.
  Caracola: No, yo no valgo para contar historias, para eso están las hadas, cuenta cuentos y locos de la noche. Yo en realidad poco sé, aunque guardo en mi corazón el eco de sus palabras. Sólo una cosa te diré, pues veo ya en tus ojos el hechizo de las sirenas. No las sigas, no las beses y sobre todo no escuches su cantar.
Hombre. ¿Por qué no?
Caracola. Les gusta jugar y pueden hacerte daño.
Hombre. Pero ahora que estoy tan cerca quiero descubrir la mar.
Caracola: Y lo harás, lo harás. Buena suerte y recuerda mi consejo.

TERCERA  PARTE