Narrador: ¡Cómo contar lo que fue historia, leyenda, cuento
de noches de lluvia, de tardes de tormenta, de mañanas templadas…
Sí, porque esta es una historia que no se distingue de las demás
sino por el color de quien la cuenta, mago que desvela o encanta, según
convenga, secretos guardados a través de años y experiencias.
Pero no, no es tiempo de filosofar. Horas como éstas pueden ser propicias
para una historia, un cuento, un rayo de luz. ¿Te apetece?
Narrador: Todo cuento necesita un narrador, un guía para no perderse,
alguien que pueda aclarar tus dudas. Ese espero ser yo. Y no estaré
solo. Un cuento así sería aburrido y tendría poca luz.
Pero viajemos con la imaginación hacia un lugar lejano… Todo
comenzó una mañana de sol, azul, clara, luminosa. La hierba
respiraba ancha pues aún guardaba el sabor de las gotas de rocío.
Ocurrió en un tiempo perdido, en un lugar ancho pero oculto, en el
que los hombres moraban en pequeñas aldeas, las hadas poblaban los
bosques, se hablaba de elfos y se decía que las sirenas jugaban con
estrellas de mar.
Nuestro protagonista caminaba por el sendero, sin prisa ni fe; con gestos
mecánicos se dirigía al ombligo de su comunidad, el lugar
más adecuado para distraerse, pedir favores o encontrar a alguien
perdido, la taberna.
Hombre: Paso a paso
Mi camino va creciendo.
Late mi ansia,
mi corazón está contento.
soy hombre feliz,
hombre de tierra a dentro
que no sabe ni de tristezas,
ni de amores ni deseos.
Paso así feliz mi vida
sin averiguar cosas nuevas
que no veo.
De la tierra el buen vino
charla, risa
poco más.
Luego vuelta a casa
y al día siguiente a trabajar.
Narrador: Como habéis podido comprobar, hombre sin apenas historia, pero que una, sin saberlo, muy pronto iniciará. No voy a adelantaros nada, sólo deciros que él vivía en soledad. Pero todo puede cambiar en esta vida. Las historias se escriben de casualidades y un día, en su preciada taberna, a una anciana oyó narrar…
Anciana: Más allá de los montes, de estos valles, de los
lagos, reposa tranquilo el mar…
Anciana: Es algo inmenso, ingente, difícil de explicar. Morada de
peces, sirenas y de estrellas, de mar. Mil tesoros allí se ocultan,
tras las barbas de Neptuno. Algas, nácares, rocas… todo parece divino.
Todo el que allí se adentra corre un grave peligro, que te atrape
una sirena con su cantar ladino. Ella sonriendo te llama ¡y ya está
formado el hechizo! Si Ulises hoy viviera te contaría su sino, cuando
una sirena canta, tapones y caso omiso.
Narrador. ¿Qué pensáis que atrajo al hombre? ¿Las
riquezas coralinas… o los cantos de sirenas en aguas tan cristalinas? Lo
cierto y amable de esta pequeña aventura fue el paso que dio este hombre
en noche de poca luna. Recogió cuatro de sus pertrechos, llevaba cientos
de ilusiones, pensaba en miles de aventuras y en un amor de sirena que no
cambiaría ni por millones. Y ni la luna se alzaba cuando partió
desde su mundo gris rumbo a la aventura. No sabía si hacia el norte,
este o sur. Dejó que el mar le llamara y hacia él se encaminó.
Hombre: Hacia la aventura voy, camino de ella me hallo. Soy hombre libre,
no vasallo, en busca de un piélago azul, de un espejo infinito, de
un rumor, de una tormenta, de una estrella, una ola o de una sirena que
me cante para siempre.
Narrador: ¡Verle caminar sonriente! Vereda adentro sin dudar. Mirando
hacia el horizonte, siempre en busca de la mar. Acompañándole
van la esperanza y el deseo.
Hombre: Buenos días y buen sol. Decidme, por Dios ¿dónde
me hallo?
Campesina: Le podría decir, joven y amable señor, que se
encuentra en un lugar tan mágico como quiera imaginar. Aquí
las estrellas con su pequeña luz iluminan el ancho y azulado cielo
mientras la luna nos hace volar el sueño en noches de pasión.
¿Mucha imaginación, verdad? Es este lugar, pero le he de confesar
que aquí no hallará otra magia ni belleza que la de los pájaros,
las flores y esta verde hierba. Pero los míos y yo somos felices aquí,
Pradera Alegre le llaman al lugar donde me habéis encontrado.
Hombre: No sólo lo divino y mágico es bello. Bastaría
añadir un marco y ya tendríamos listo un bello cuadro. Hermoso
lugar pero debo continuar. Tengo prisa pues me llaman, aunque he de reconocer
que la magia y belleza acarician últimamente mi vida y más
con vos aquí. Pero decidme, ¿habéis oído hablar
alguna vez del mar?
Campesina: De él pocas son las palabras que han llegado a mis oídos,
debo contestaros con gran pena de mi corazón, pues veo el deseo en
vuestros ojos. Apenas su nombre, mar. Poco sé, he dejado volar mi
imaginación, he intentado dibujarlo en mi mente, pero os confieso
que en vano han resultado mis esfuerzos. Nunca he logrado descubrir ni sus
misterios ni su esencia.
Hombre: ¡Lástima! Me hubiera podido ayudar. He de partir tras
tan grata charla, pero no os quiero dejar así. Con vos queda mi promesa
de regreso. No os prometo el mar, pero sí el relato de su esencia
y el presente de su corazón.
Campesina: Con mi sonrisa os dejo. ¡Suerte y buen destino!
Narrador: De la mañana a la tarde pasó como de mar a cielo
en el horizonte, siguiendo una intuición de piélago caminaba
aquel hombre que en su tierra del mar oyó por primera vez hablar.
Parose a descansar en alfombra de mil colores formada por distintas flores
de belleza sin par.
Hombre: Vengo de una aldea a la que creí centro del universo, pero
me equivoqué. Por lo poco que hasta hoy he visto en este viaje, había
ocultas tierras soñadas, ocultas no, que a la vista están,
pero que ni mi corazón ni mis ojos, hasta hoy cerrados, habían
visto jamás. De tierra vengo, en busca de la mar. ¡Le estoy
hablando a una flor! ¡Aún no me lo puedo creer! ¿Y muchas
sois así?